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Buscando a Quirón

Monday, 09 de November de 2009

Chile: una historia desértica

Cuento inspirado en el desierto de Atacama, al norte de Chile. Ganador del II concurso de Relatos Cortos de MAPFRE. 

-Chile no es ningún desierto. – contestó Yago, cansinamente, como si aquella fuera la millonésima vez que tuviera que recordar a sus insípidos alumnos ese dato.


Pero nadie le escuchaba. Ni en ese momento, ni en casi ningún otro. Yago hablaba en voz baja, lenta, monótona y no atraía hacia sí otra cosa que no fuera indiferencia. Tenía la sensación desde hacía unos años, que cada vez estaba más difuminado ante los ojos de la gente. Cada vez con menos silueta y con menos aura, con nada que llamara a nadie.


Chile no era ningún desierto, ciertamente, pero esa tarde Yago se acordó del valle de la Luna, en el desierto de Atacama. En el ojo de la tormenta de indiferencia que se desataba en el aula, Yago miró por la ventana que daba a ninguna parte, y tras ella vio -o recordó- las sombras fantasmagóricas que había en el valle al atardecer, cuando el Sol regalaba sus últimos juegos de luces y teñía las formaciones salinas de ocre, marrón y blanco pálido. Yago decidió en ese instante que se iría, de nuevo, a Chile. Esta vez lograría que fuera para siempre, como debería haber hecho aquella vez que, en lo alto de la duna, contempló el ocaso y se sintió, por primera vez en toda su vida, en el lugar correcto. Así es como quiero estar, se dijo entonces. Aquí es donde quiero estar.


Una semana después de estar en ese aula, Yago viajaba ya por la oscura y abandonada panamericana, camino de San Pedro de Atacama, donde quería llegar cuanto antes aunque no tuviera prisa. Tras haber alquilado el coche en el aeropuerto de la capital, condujo unos kilómetros hacia el norte y, mucho antes de llegar a Valparaíso, se detuvo, bajó, y abrió el maletero. Sólo había llevado consigo una maleta pequeña, con las cuatro cosas más básicas, pero se preguntó si realmente las necesitaba. Tomó la maleta con la mano y, balanceándola hacia delante y hacia atrás, se planteó si tirarla ladera abajo. “No hagas estupideces”, se regañó, “no te vendrá mal tener más ropa”.


Sin embargo, antes de llegar a Atacama, había roto toda su documentación, incluido su pasaporte y su carné de identidad, que fue esparciendo en pequeños trozos cada quinientos metros desde la ventanilla del coche, como si repartiera migas de pan que le permitieran volver a casa cuando se perdiera. También arrojó su reloj, y tiró todo el tabaco que llevaba encima y lo vio luego aplastado en el asfalto a través del espejo retrovisor, e incluso destrozó a golpes un pequeño mp3 en el que llevaba las viejas canciones de siempre. El coche lo abandonó tres kilómetros antes de llegar a San Pedro, donde llegó con la maleta a cuestas pero con nada más., con una fuerte sensación de desnudez que había conseguido tras despojarse, kilómetro a kilómetro, de lo que creyó no necesitar. Ni siquiera llevaba ya casi recuerdos, porque Yago había decidido nacer otra vez. Sin identidad. Sin ningún plan. Y sin nadie cerca. Para siempre en el desierto.


Ramón, en cambio, vivía en Santiago de Chile, pero no quería seguir haciéndolo. Andaba alicaído porque no le gustaba ni su carrera profesional, ni sus amigos, ni tenía pareja, ni sentía que nada de lo que hacía le gustaba. Ramón era un ser aburrido, o al menos así se consideraba, y todo aburrido que se precie se deja llevar adonde sea. Su jefe le mandó a Iquique, al Norte, a ayudar en un proyecto. Estuvo ahí tres días, y luego voló de regreso al Sur. A mitad de camino, el avión se estropeó y tuvo que aterrizar de emergencia en el inhóspito aeropuerto de Calama. Ramón y el resto del pasaje, asustados, se dejaron llevar por los empleados de la compañía aérea que les facilitaron el alojamiento para esa noche, mientras arreglaban el problema del aparato para que pudieran viajar al día siguiente.


Pero Ramón no se presentó al embarque. El personal de la compañía llamó al hotel, por si se hubiera quedado dormido, pero no apareció. Absortos en el estrés del tráfico aéreo, los empleados le dieron por no presentado y Ramón, o el recuerdo de alguien que se llamaba Ramón, fue hallado dos días después muerto, totalmente roto, en el fondo de un barranco. La policía dictaminó que había sido un suicidio y la historia de Ramón, que quizás no había ni siquiera empezado, acabó oculta tras las tapas rojas de un expediente polvoriento, que languidecería en un archivo oscuro de una ciudad oscura como Calama.


Yago, que ya no se llamaba así, si no que se había rebautizado a si mismo como El Hombre Sin Nombre, caminó durante toda la mañana por el salar de Atacama. En el pueblo le habían tratado de vender todo tipo de excursiones que le acercarían a los principales lugares turísticos, pero él todo eso ya lo conocía, y sólo pretendía estar. Quedarse ahí.


La mañana que invirtió en caminar por el salar se le hizo larga. Pensó que quizás algún día, tendría que decidir qué hacer para comer. Recordó Madrid, pero vagamente, y sólo con desprecio. Y anduvo entre la sal solidificada, olorosa y gris, blanca en el substrato, mientras entendía que ese paisaje le había acompañado siempre porque él mismo era así. Endurecido y grisáceo, incómodo, pero con algo debajo de la piel más inmediata que estaba presente y que luchaba por salir afuera. Pero el nuevo hombre sin nombre se cansó también de caminar por su propio paisaje y volvió al pueblo, donde deambuló por las calles de tierra observando los tejados planos de casas que no necesitan desaguar jamás. Y se tomó un pisco en un bar de adobe, y por la tarde alquiló un saco de dormir y se añadió, a última hora, a un jeep que salía hacia el Valle que había recordado a través de una ventana de instituto que no daba a ninguna parte.


En el valle de la Luna, que bien podría haberse llamado el valle donde los sueños mueren, el hombre sin nombre, que se sentía más viejo que nunca, se enfrentó a la duna altiva que guardaba, en su cima, el paisaje que él había añorado. Y entonces, inexplicablemente, añoró Madrid, y añoró la indiferencia de los que le ignoraban, y se preguntó cómo había podido hacer todo lo que había hecho desde que alquiló el coche en Santiago hasta ese instante. Pero el hombre sin nombre, que siempre había sido rápido de reflejos, volvió a mirar a la duna y la encaró, convencido como estaba que esa noche la dormiría ahí, contemplando el paisaje de luna (con luna) que más se parecía a él. La gente, turistas, gritaban, fotografiaban, se maravillaban efímeramente de lo que veían y dos horas más tarde, cuando el Sol agonizaba y la temperatura se comenzaba a desplomar, abandonaron en tropel la duna para bajar hasta los vehículos que les devolvería a la serenidad de San Pedro. El hombre sin nombre les vio alejarse y, mientras lo hacían, la luna se asomó, como si preguntara tímidamente si podía salir ya. Se arropó con el saco, comprendiendo que quizás había sido una mala idea tratar de pasar esa noche al raso, porque no en vano estaba en el desierto más árido del mundo. Sin embargo, el valle se convirtió, a pesar del frío, en un lugar cálido para el hombre sin nombre, quien acurrucado en el escaso confort del saco y sobre la arena de la duna, se dejó mecer por el silencio. O por el Silencio, en mayúsculas, porque aquello era para él lo que íntimamente había buscado entre tantos ruidos, interiores y exteriores, como había ido soportando a lo largo de los años en Madrid. Un silencio que era, por encima de todo, paz y soledad. Algo que de tan grande le convertía a él en pequeño y que se amplificaba aún más, si cabe, gracias al brillo de las estrellas, que ahí en el desierto eran más infinitas que en ningún otro lugar.


Pero fue la Luna, y no el silencio, la que le advirtió de la figura que se acercaba, livianamente, hacia él. El hombre sin nombre notó cómo se aceleraba su corazón y en esa oscuridad azul de noche y de sal invisible pudo distinguir a un hombre que se acercaba sonriente hacia donde él estaba. Parecía como si también llevara la noche envuelta, porque su silueta tenía casi el mismo color azul. Sólo sus dientes, blanquísimos, resaltaban como si fueran una auténtica luz.


-Qué buena noche has elegido, Yago. –susurró el recién llegado, sentándose al lado del hombre sin nombre quien, de repente, se aferró a su nombre como si fuera lo único verdaderamente real en ese instante. – Y qué hermoso lugar. ¿Lo conocías ya, verdad?


-Sí. – respondió, aunque no supo por qué. - ¿Quién eres? ¿De qué me conoces?


El hombre de la silueta azul le pasó el brazo por encima de los hombros, sin mirarle. Sólo miraba a la Luna, como si se nutriera de ella. El hombre sin nombre se sintió invadido por una calidez instantánea, que le nació de dentro hacia fuera, y no al revés. Como si alguna corriente desconocida le estuviera alimentando con alguna nueva savia que no había probado nunca.


-Todos nos conocemos, pero no nos recordamos unos a otros. – dijo, el hombre azul.


-Yo no te conozco.


-Soy como tú. Podría ser, incluso, tú.


-Sigo sin conocerte. –se atrevió a replicar. .


-¿Por qué crees que prefieres olvidar quién fuiste, Yago? – preguntó el hombre de la sonrisa, como si no le hubiera escuchado. El otro, cada vez más contraído dentro del saco, notó que tenía ganas de llorar. No las reprimió, y soltó un sollozo. Pero no respondió.


-¿Lo entiendes, Yago? – continuó. – Te quieres olvidar porque ya te conoces. Y tienes que volver a empezar para poder recordar.


-Déjame, déjame… - imploró Yago. – Yo no quiero nada, yo sólo quiero no existir.


El hombre de la noche se levantó y se alejó unos pasos. Se puso de espaldas a él, contemplando a la Luna. El hombre sin nombre recobró parte de su serenidad, para otear a su alrededor y escudriñar cuántas escapatorias posibles tenía. Pero no le dio tiempo.


-He venido a decirte que aquí no está tu sitio. Tienes que marcharte a otro lugar. – sentenció el hombre azul, mirándole y sonriendo abiertamente.


-¿Quién eres? ¡Déjame, vete, por favor! ¡Déjame!


El hombre sin nombre también se había levantado, y se protegía de nada, inútil y torpemente, con el saco. El otro habló.


-Yo encontré este lugar por accidente. Nunca mejor dicho. Y aquí encontré un final, pero entendí que había otro inicio para mí, también aquí. Por eso me quedé. Pero tú no puedes quedarte, Yago, porque no podrás dar con tu próximo inicio hasta que no clausures tu último final. Y ese, tu último paso, no está aquí.


Yago, que se había vuelto a desmoronar encima de la arena de la duna, observaba la límpida sonrisa del hombre azul y escuchaba esas palabras retumbar dentro de su cabeza.


-Déjame en paz, por favor. Vete… ¡Vete!


Un segundo después, el hombre sin nombre, el nuevo Yago, miró en la lejanía, jadeante, y no vio nada. Dedujo, quizás erróneamente, que había tenido una pesadilla. A su alrededor, había sólo un desierto azul, la luna y todo el silencio del mundo. En el lugar más árido del mundo. El hombre de la noche se había esfumado.


Pero había una cosa más junto a él que instantes antes no estaba: pedazos de papel plastificado, en color burdeos, que dibujaron en la mente de Yago el camino por el que tenía que desandar lo andado.



Por: Sergi Arroyo Muela | General | Comentarios (0) | Referencias (0)

Monday, 09 de November de 2009

Huesca: el silencio blanco

Cinco minutos que nadie recuerda en el Pirineo de Huesca.

Juan se abrocha del todo la zamarra al salir de su antiguo hogar. Siente sus pies helados por el frío y por la soledad del pueblo. Sin querer ver nada, sus ojos luchan contra la imagen escalofriante que le rodea: un lugar solo, olvidado en la nada, y él de pie en medio del más grande de los silencios, a pesar de que Beatriz, su Beatriz, se encarga siempre de colorear su recuerdo. Las paredes de las casas abandonadas parecen amenazar con desplomarse encima de él y sus antiguas ilusiones, pero es sobretodo la mirada de Fadriquera lo que le hace sentir peor. La vaca, mustia, le observa lánguidamente, reprochándole tenerla a ella también encerrada en aquel horrible destierro. De todo el rebaño, sólo Fadriquera parece acusarle directamente; las demás, pacen como pueden y mugen de tanto en cuando, como quejándose de la falta de comida. La nieve lo cubre todo, todo, menos su boina, los lomos de los animales y la sonrisa de Beatriz que flota en su memoria. Están solos en su soledad. Solos en el centro del pasado.


Llegó a Renanué ayer. Su casa está casi derrumbada y sólo se mantiene en pie el hogar y la cocina. Ahí ha dormido, cubierto con una vieja manta raída por las ratas y por el tiempo, junto al fuego que pudo encender a duras penas, con leña húmeda y de mala calidad.


Al ver el estado del pueblo se emocionó, quizás, por la avalancha de recuerdos que atestaron su cerebro. ¡Tantas horas transcurridas desde el instante en que se marchó...! ¡Tantas caras muertas, tantas risas infantiles enterradas en la nieve...! Renanué había sido un pequeño gran lugar. Ahí recordaba haberse sentido bien, muy seguro. Hoy, la aldea ya no era nada. Era, tan sólo, un recuerdo para él, único superviviente de la filia urbana. Renanué fue, también, el último hogar de Beatriz.


Pese al frío, luce un sol esplendoroso. El pico del Aneto –nevado, por supuesto– mira hacia el otro lado, fingiendo no verle a él y declarando a voz en grito que no puede rescatarle de este pozo. Plantado en medio la calle, Juan considera que debe bajar al río con las vacas. Es tal vez el único sitio donde estos pobres animales serán capaces de encontrar algo de comida, después de la nevada salvaje. Recuerda el prado de Inocencio, antaño la escena del crimen de muchas de sus travesuras junto a Carlos y piensa que tal vez ahí podrán excavar con sus hocicos en busca de alimento. Tal vez.


Chasquea su lengua y grita un “¡va!” con acento pirenaico. Las vacas parecen reaccionar, y él se coloca tras ellas para guiarlas ciegamente hacia el río. Sólo Fadriquera se rebela, al quedarse quieta. Juan la espolea suavemente en el muslo y la vaca no ofrece más resistencia. Empieza a moverse lentamente.


La comitiva baja en silencio por la calle. “Calle Única”, como rezaban todos los sobres que el correo traía a Renanué cuando aún quedaba vida. Juan, apoyándose en su bastón de pastor, no quiere detenerse ante ninguna fachada, pues todas son un pedazo de su memoria perdida e irrecuperable. En ellas, de reojo, puede sentir alfileres candentes pinchándole el alma y esa horrible sensación de estar amenazado por sus propios recuerdos, le martiriza. La sonrisa de Beatriz también se le clava en el centro del recuerdo. Nadie entiende por qué ha elegido Renanué. Su madre le llamó “carnuz” cuando le comunicó sus intenciones. Debería estarse por lo menos un mes fuera, con las vacas, y él mismo sabía que Renanué no era el sitio ideal, por lo alejado y por lo impracticable, pero durante aquel otoño había sentido más fuertemente que nunca la necesidad de volver al pueblo y así desaparecer. Quizás era ese el único motivo de su elección. Quizás era todo lo contrario, y lo único que quería era recuperar de algún modo la compañía perdida; las risas que le hicieron crecer y todos los besos que había deseado dar a Beatriz.


Cuando alcanzan el río, y Juan observa el hielo que lo inmoviliza, se desespera. Es imposible que se queden ahí durante todo el mes de enero. Las vacas morirían de hambre. No distingue ni una brizna verde entre tanta blancura... ¡tanta soledad! El silencio de la nieve es mucho más fuerte que el de su alma inquieta; el alma que había querido marcharse lejos de Benasque para huir de los gritos y vestimentas estridentes de los esquiadores que parecían querer colonizar sus tierras durante unos meses, para luego marcharse por donde habían venido con el mismo respeto con el que llegaron: ninguno.


Juan cree ver que la nieve está más baja en la otra orilla. El río no es caudaloso en absoluto, pero tiene algunos puntos profundos. El chico se acuerda de una poza especialmente peligrosa en aquella zona, pero está convencido que era enfrente del huerto de Vicente de casa Barrabés. Deja la alforja abandonada en el suelo. Las vacas se dispersan ligeramente y husmean para ver qué encuentran. Tres o cuatro piedras hacen las veces de puente para cruzar el río, y ágilmente las salta, con mucha decisión


La última, sin embargo, es el tridente de Satanás que le esperaba agazapado. Su pie se tuerce con el bamboleo de la piedra e inmediatamente oye un chasquido, al quedarse éste en un lado y su cuerpo en otro. Pierde el equilibrio y se decanta hacia su derecha. Cae ruidosamente y el hielo se parte. Juan aúlla de dolor y de espanto al notar que el agua helada empapa sus ropas de pastor en un santiamén. Se ha roto una pierna, no tiene ninguna duda. Intenta apoyarse en el suelo, pero no lo encuentra: la poza estaba mucho más cerca de lo que él recordaba.


El hielo se va desintegrando en sus dedos a medida que va arañando para agarrarse a la vida. Sólo Fadriquera ha girado su cabeza y le observa con cautela. Juan grita y grita, pero la vaca parece responderle “lo siento”. No logra alcanzar la orilla del pueblo, la única que le podría salvar, puesto que en la otra no existe ayuda alguna. Sólo en el instante en que puede observar, en lo alto de la calle, la estilizada figura de Beatriz, se da cuenta de que nunca podría haber muerto en ningún otro lugar. Y, antes de dejarse arropar por aquella nueva calidez contradictoria, le grita un “te quiero... ya voy” desapasionado y lúgubre. Después, el silencio.



Por: Sergi Arroyo Muela | General | Comentarios (0) | Referencias (0)

Monday, 09 de November de 2009

Bilbao: antes de ahora.

Una experiencia sensitiva en el aeropuerto de Bilbao que pudo haber ocurrido en 2002.


El vuelo sale con un retraso de tres horas. ¿Qué pretenden que haga en este aeropuerto, tan blanco y tan vacío? Además, después de tantas prisas por no llegar tarde, resulta que ahora tengo todo el tiempo del mundo para perderlo. No puedo evitar mostrar una cara estupefacta a la chica de la compañía, cuando educadamente me comunica que mejor que me ponga tranquilo y sugiere despreocupadamente que me compre una revistilla de crucigramas. "¿Me das un vale para la papelería, entonces?", sugiero con sarcasmo, antes de dar media vuelta y alejarme del mostrador. Todo el día corriendo, metiéndole prisa a todo el mundo para no perder el avión y ahora resulta que tengo que resignarme a aguantar este calvario aeroportuario, impotente, sin otra opción que no sea callar.


Con la tarjeta de embarque en la mano, comienzo un lento vagabundeo por el vestíbulo principal. La ciudad de Bilbao ha experimentado un cambio impresionante que empezó por el aeropuerto y, desde luego, ha sido para mejor. Estoy paseando sin rumbo, como se suele hacer mientras se espera, y me pregunto cómo se ha conseguido que la unión de algo tan frío como el hormigón y el color blanco genere esta increíble sensación de reposo. Será la luz, que entra a raudales.


Cuando me canso de deambular, decido pasar el control de la guardia civil. Entro en la zona de embarque. Por Dios, cuánta luz... La primavera ha conquistado Bilbao, y a través de unas inmensas cristaleras se recibe una fuente de sol sin límites. Me siento un poco mejor. Respiro muy hondo. Los zapatos empiezan a pesar más que mis pies, y entonces me acuerdo que debe hacer más de una hora que camino cargado con el maletín del portátil en una mano, la chaqueta en la otra y con el lastre de cuero en los pies. Oteo a mi alrededor, y descubro un banco blanco, como el resto del aeropuerto. No parece muy cómodo, puesto que su forma elíptica en el asiento y su tieso respaldo, también del mismo color pero de forma rectangular, aunque de suaves formas redondeadas, no parecen invitar demasiado al descanso. Desafío a las leyes de la lógica y me derrumbo en él. Me libero del peso del maletín y de la chaqueta, aflojo el nudo de la corbata e intento casar mi postura con la rigidez del banco.


Me sorprende la facilidad con la que consigo relajarme. De repente, una sensación de perfecta simbiosis me reconcilia con el aeropuerto y, sobre todo, con mi improvisada posada. Noto que mi cuerpo se adapta mucho mejor de lo que había creído al banco, de aspecto tan duro pero de uso tan amable. El sol me lava la cara y yo siento cómo me hundo en una agradable sensación de paz. Sin darme cuenta, acaricio el banco con mi mano derecha. Deslizo la mano por la suave curvatura de la elipse del asiento una y otra vez, hacia delante y hacia atrás. Me yergo, casi sin querer: noto que cuadro perfectamente con este escenario y eso me hace sentir atractivo y en mi sitio. Mi reino por unas gafas de sol oscurísimas...


Un innegable sopor conquista mis ojos y no me resisto a él. La monótona letanía en euskera de los altavoces me acompañan en mi silencio interno, mientras sigo comprobando que este banco tiene la perfecta curvatura que dulcifica la rectitud de mi jornada laboral. El respaldo me sostiene de un modo perfecto; ni se me clava en los lumbares, ni me empala la columna hasta las cervicales: me siento bien, simplemente. Tan rígido como parecía, con estos soportes de acero...


Me duermo. O solamente me adormezco, no lo sé. Me acuna mi rítmica respiración, producto de tantos años de técnicas de relajación, pero al mismo tiempo me siento acompañado por la presencia del banco que me acoge, que me moldea, que me recoloca en un ambiente que hacía un rato se me había antojado de lo más desagradable. Sin poderlo ni quererlo remediar, me inclino hacia mi derecha y dejo que el resto de la elipse se convierta en una cama imprevista. Como en una nebulosa, en un apasionante duermevela, pienso que ni sobre mi propio colchón he estado más a gusto.


Me sobresalta un pequeño mercado de voces que me rodea. Son los pasajeros de mi vuelo que empiezan a llegar a la zona de embarque. Me reincorporo rápidamente y miro mi reloj, un poco sofocado: falta media hora para la salida del vuelo. ¿Es posible que me haya quedado completamente dormido en un banco de aeropuerto? Si es así, estoy seguro que por mi lado ha pasado algún cliente de mi empresa o alguien a quien mi pérdida de compostura puede haber hecho malpensar. Murphy y sus inevitables leyes.


Poco después los altavoces que han puesto la banda sonora de mis sueños anuncian mi vuelo. Recupero todas mis pertenencias, desparramadas en un pequeño radio, y me dirijo a la puerta de embarque con la celeridad que me caracteriza. Antes de entregar la tarjeta de embarque a la cáustica azafata, echo un último vistazo al banco en el que he estado. De lejos, se me antoja lunar, estrafalario, muy poco funcional. Pero no puedo evitar pensar que quiero regresar a Bilbao en cuanto sea posible, para poder dormir de nuevo al amparo de ese sol inesperado y, por encima de todo, para poder dormir de nuevo en ese banco, precisamente en ése.





Por: Sergi Arroyo Muela | General | Comentarios (0) | Referencias (0)

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Fantasía y realidad en un pequeño rincón dedicado a la literatura de viajes, destinos y movimiento en general.

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